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¿Dónde irán las líneas borradas? ¿Y si a ella le hubieran emocionado? Índice exterminador de inquietudes. ¿Y si aquello que ibas a contar ,siempre lo mismo, aquello de que las risas te asustan y que las noches frías te amilanan, fuese hermoso (siquiera por un instante)?Aquello del miedo;ya sabes, lo de siempre.
Por eso quizá resbalas ese mismo dedo alrededor de los ojos cerrados. Y exterminas recuerdos, aplacas emociones, las que no se pueden, no se deben vislumbrar.
Antes decían que era pecado. Ahora no es nada, se difumina al pasar sobre ello un índice exterminador. Y desaparece, se oculta en lo profundo.
La perra se acerca, me huele la mano y se arrima. La perra busca caricias. ¿Será eso cariño? ¿O será simple egoísmo?
La perra, a veces, sueña mientras duerme. Quién sabe si la perra añora tiempos mejores o si arrostra los miedos cotidianos tendida sobre la alfombra.
La perra es algo vieja, ya no se rebrinca como antes; pero a veces nos mira muy seria y nosotros no comprendemos casi nada. Entonces silbamos y se arrima ligera. Se viene a por sus caricias.
Que sí produce monstruos. El sueño de poder ser aquello que deseas, aquello que anhelas. Y se viene callado y calmo, como las noches de verano. Porque piensas que debes ser aquello que puedes. Que todo deseo es merecido...
Y así nos asustan los monstruos.
Acaso los tenía escondidos... dos dedos.
Y ese temor que cobarde se arrima de noche. Ese miedo que se allega sonoro a través de la ventana; coches que pasan, motos lejanas. ¿Dónde irán? Debe de ser que existe otra vida, joven aún, más salvaje. Debe de ser que los tiene (¡y pensabas que no llegarían!); que le han crecido dos dedos, dos dedos de frente.
El árbol se queda. Su sombra permanece. Hemos guardado nuestras pertenencias en cajas grandes y pequeñas. Infinitas cajas de vida. Papá ha colocado el cartel con un martillo, como en las películas antiguas: “Se vende” y un teléfono.
¿Cómo partir? ¿Qué decir?
Así que nada, silencio, salvo un motor de explosión. Un ruido terrible, desgarrador. El árbol se queda, ha dicho Berta, su sombra permanece. Y después casi nada, sólo un cielo algo gris.
Si esa corbata, tan hermosa, tan brillante, serpiente se tornase. Si el hogar nunca alcanzases. Vivieses en el atasco. Si tus ojos las luces, verdes, rojas y amarillas los cegasen. Si no hubiese final (feliz o no). Si nunca arribases amigo, hermano, padre, dime. ¿Sería importante?
Si la cuchilla, tan ecuánime, tan cumplidora, a cortar no alcanzase. Si el peine se rebela, si echase a volar. Si el día que te espera, no empezase. Si la magia funcionase. Si aquello que más temes sucediese. Si la verdad, por una vez, triunfase ¿Importaría?
Si esa vergüenza que, cobarde, la mañana rebosa. Si la culpa que guardas, fauces se tornase. Asesina, brutal. Si te devora. ¿Temblarías padre, hermano, hijo? ¿Acaso llorarías? Dime, amigo. Si vivieses. Dilo, ahora, frente al espejo. Cuando crees estar sólo.
Tú, que eres padre, hijo, amigo, esposo... que eres amado. Tú, que como añorado recuerdo sobrevivirás, hombre idealizado; a pesar de la fiera, de las fauces que hoy te desgarran. Tú que sabes discernir, que el grano y la paja hábil separas. Contéstame tú, ahora, frente al espejo. Realmente ¿importa?
Ya, soy un vestigio. Soy el miedo a la oscuridad. Soy la fascinación por el fuego.
La muela del juicio
Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa
Rodrigo Caro.
Ha dejado un hueco (hermoso y breve ) sobre la almohada. Ya no estaba. Yo he posado mis ojos, por un instante, sobre ese mágico hueco. Y he comenzado a recordar las ruinas, los infiernos que me están aguardando. ¡Qué lejos queda aquel fulgor!
Y ya no nos restan viajes pendientes, ni huecos por llenar (salvo el que ha dejado su leve presencia). Ya no me queda nada. Así que me levanto como se debe de levantar una montaña y dispongo mi cabeza para la lucha, anulando todo sentido y sentimiento. Coloco la coraza sobre mi frío pecho y enfrento la luz de la mañana como quien enfrenta el óbolo que entregará a Caronte; como si ya no quedase nada, salvo un leve y hermoso hueco sobre la almohada que desaparece con el ruido de los coches.
